Hoy se desgarran las aceras a mi paso
y luce la luz del sol de manera distinta.
Tu taza de café, derramada sobre el sofá,
no deja rastros oscuros sobre mí.
Se ha perdido la vida de los domingos por la tarde,
las mañanas sin prisas oliendo a caricias tibias.
Encima de mi mesa empiezan los versos
a acumular el polvo de los días sin musas,
mientras, entre columnas, charlo suavemente
sobre los hijos, el sexo, los días.
Cálido es el atardecer en el sur de los recuerdos,
un sur rebelde que sueña con subir algo más al norte,
algún día, tal vez, no ahora.
Las ventanas, ya abiertas, traen la brisa azul
que mueve mi pelo,
me acaricias la cara despejándome los ojos,
me sonríes y yo también lo hago...
aunque sé que esas caricias ya no consiguen atracar.
Hace meses me fui y no lo viste.